Mostrando las entradas con la etiqueta Don Camilo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Don Camilo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de diciembre de 2007

El tesoro

LLEGÓ a la casa parroquial el Flaco, un joven excombatiente de la resistencia que oficiaba de mensajero de Pepón cuando éste luchaba en los montes, y que ahora estaba empleado de mandadero en la Municipalidad. Traía una carta grande, de lujo, escrita a mano en letra gótica y con el membrete del partido.
Vuestra Señoría queda invitada a honrar con su presencia la ceremonia de proyecciones sociales que se desarrollará mañana a las 10 horas en la Plaza de la Libertad.
El Secretario del Comité, compañero Bottazzi Alcalde José Don Camilo se encaró con el Flaco. - Dile al compañero Pepón alcalde José, que no tengo ningún deseo de ir a escuchar las acostumbradas pamplinas contra la reacción y los capitalistas. Las sé de memoria. - No - explicó el Flaco - , no habrá discursos políticos. Será una ceremonia patriótica de proyecciones sociales. Si usted se niega a concurrir significa que no entiende nada de democracia. Don Camilo meneó gravemente la cabeza. - Si las cosas son así, no he dicho nada. - Bien. Dice el jefe que vaya de uniforme y con todos los utensilios. - ¿Qué utensilios? - Sí, el baldecito y el pincel; hay mucho que bendecir. El Flaco hablaba de este modo a don Camilo precisamente porque era el Flaco un tipo que por su talla especial y agilidad diabólica, en la montaña podía pasar entre las balas sin recibir un rasguño. Así, cuando el grueso libro lanzado por don Camilo llegó donde estaba la cabeza del Flaco, este ya había saltado fuera de la rectoral y apretaba los pedales de su bicicleta. Don Camilo se levantó, recogió el libro y fue a desahogarse con el Cristo del altar. - Jesús – dijo - , ¿será posible que no se pueda saber qué están tramando esos para mañana? Nunca vi cosa tan misteriosa. ¿Qué significarán todos estos preparativos? ¿Qué significan los ramos que están plantando en torno del prado entre la farmacia y la casa de los Baghetti? ¿Qué diablura estarán maquinando? - Hijo, si fuese una diablura, en primer lugar no la harían a la vista de todos y secundariamente no te llamarían para la bendición. Ten paciencia hasta mañana. Por la noche don Camilo fue a dar un vistazo, pero no vio sino ramos y festones en torno del prado y nadie sabía nada. Cuando por la mañana partió seguido por dos acólitos, le temblaban las piernas. Sentía que algo no funcionaba bien en el asunto. Presentía una traición. Volvió al cabo de una hora, deshecho y afiebrado. - ¿Qué ha sucedido? - le preguntó el Cristo del altar. - Una cosa como para hacer erizar el cabello - balbuceó don Camilo- . Algo horrendo. Banda, himno de Garibaldi, discurso de Pepón y colocación de la piedra fundamental de la "Casa del Pueblo". Y yo he debido bendecir la piedra. Pepón reventaba de satisfacción. Y el pillastre me ha invitado a decir dos palabras, de modo que también he debido pronunciar un discursito de circunstancias. Porque aunque se trata de un acto del partido, el bellaco lo ha presentado como una obra pública. Don Camilo se paseó de arriba abajo por la iglesia desierta, luego se paró delante del Cristo. - Casi nada – exclamó - . Sala de tertulia y de lectura, biblioteca, gimnasio, dispensario y teatro. Un rascacielos de dos pisos, con campo de deportes anexo y cancha de bochas. Todo eso por la miserable suma de diez millones. - No es caro, dados los precios actuales - observó el Cristo. Don Camilo se desplomó en un banco. - Jesús - suspiró dolorido- , ¿por qué me habéis hecho este agravio? - ¡Don Camilo, tú desvarías! - No; no desvarío. Hace diez años que os ruego de rodillas que me ayudéis a conseguir algún dinero para instalar una pequeña biblioteca. Una sala de recreos para los niños con calesita y columpios, y, de ser posible, una pileta chica de natación como la de Castellina. Hace diez años que me afano haciendo cumplimientos a esos puercos propietarios tacaños que de buena gana abofetearía cuando los encuentro; he combinado doscientas loterías, he llamado a dos mil puertas y no he conseguido nada. Llega ese pícaro excomulgado y le llueven del cielo diez millones en el bolsillo. El Cristo meneó la cabeza. - No le han llovido del cielo - dijo- . Los ha encontrado en la tierra. Yo nada tengo que ver en el asunto; es fruto de su iniciativa personal. Don Camilo abrió los brazos. - Entonces la cosa es simple: significa que yo soy un pobre estúpido. Don Camilo, ya en su casa, recorría rugiendo su habitación. Descartó que Pepón hubiese conseguido los diez millones asaltando a la gente en la calle o forzando la caja de caudales de un banco. - Ese, los días de la liberación, cuando bajó de los montes y parecía que estaba por estallar la revolución proletaria de un momento a otro, debe de haber explotado el miedo de esos cobardes de ricachos y haberles sonsacado plata. Pensó luego que en aquellos días no había un solo rico en el pueblo; en cambio había un retén inglés llegado junto con los hombres de Pepón. Los ingleses se habían alojado en las casas de los señores, ocupando el lugar dejado libre por los alemanes, quienes, dueños del pueblo bastante tiempo, habían limpiado racionalmente las casas de todo lo mejor. Luego, ni siquiera se podía pensar que Pepón se hubiese procurado los diez millones saqueando. ¿Acaso el dinero le venía de Rusia? Se puso a reír. ¡Cómo imaginar que los rusos tengan en cuenta a Pepón! - Jesús - le fue a implorar por fin don Camilo - . ¿No puedes decirme de dónde ha sacado el dinero Pepón? - Don Camilo - respondió el Cristo sonriendo -, ¿me has tomado por un agente de investigaciones? ¿Por qué pedir a Dios cuál es la verdad cuando ella está dentro de ti? Búscala, don Camilo, y entre tanto, para distraerte un poco podrías dar un paseo hasta la ciudad. La tarde siguiente, volviendo de su viajecito a la ciudad, don Camilo se presentó al Cristo en un estado de agitación impresionante. - ¿Qué te sucede, don Camilo? - Una cosa enloquecedora - exclamó éste jadeante - . ¡He encontrado un muerto! ¡Cara a cara en la calle! - Don Camilo, ¡cálmate y razona! Habitualmente los muertos con quienes uno se encuentra cara a cara en la calle están vivos. - Lo excluyo - gritó don Camilo. El mío es un muerto - muerto, porque yo mismo lo llevé al cementerio. - Si es así - repuso el Cristo - no tengo nada que decir. Será un fantasma. Don Camilo se encogió de hombros. - ¡Tampoco! Los fantasmas existen solamente en la cholla de las mujeres estúpidas. - ¿Y entonces? - Vaya uno a averiguar - refunfuñó don Camilo. Don Camilo ordenó sus ideas. El muerto era un mocetón flaco, no del pueblo, que había bajado de los montes junto con los hombres de Pepón. Estaba herido en la cabeza, maltrecho, y lo habían depositado en la planta baja de la villa Docchi, que había sido la sede del comando alemán y después del comando inglés. En la pieza contigua a la del herido, Pepón había instalado su despacho - comando. Don Camilo recordaba perfectamente. La villa estaba rodeada de tres puestos de centinelas ingleses y no entraba ni salía una mosca, porque allí cerca se combatía y los ingleses aman particularmente su pellejo. Esto había ocurrido por la mañana; la misma noche el mozo herido había muerto. Pepón mandó llamar a don Camilo hacia la media noche, pero cuando don Camilo llegó, el muchacho estaba ya frío. Los ingleses no querían muertos en la casa y al mediodía el ataúd con el pobre muchacho salía de la villa llevado en peso por Pepón y sus tres hombres más fieles, cubierto por una bandera tricolor. Un pelotón armado de ingleses - ¡oh qué buenos! - le había rendido honores. Don Camilo recordaba que la ceremonia fúnebre había sido muy conmovedora: todo el pueblo había seguido el féretro, que iba en una cureña de cañón. Y el discurso en el cementerio, antes de echar el cajón a la fosa lo había dicho él, don Camilo, y la gente lloraba. También Pepón, que estaba en primera fila, sollozaba. - ¡Cuándo me empeño, yo sé hablar! - díjose complacido don Camilo evocando el episodio. Luego reanudó el hilo lógico de su discurso y concluyó: Y con todo ello estoy dispuesto a jurar que el muchacho flaco que encontré hoy en la ciudad es el que conduje a la sepultura. Suspiró. - ¡Así es la vida! Al día siguiente don Camilo fue a buscar en su taller a Pepón, a quien encontró trabajando echado bajo un automóvil. - Buen día, compañero alcalde. He venido para decirte que desde hace dos días estoy pensando en la descripción de tu Casa del Pueblo. - ¿Qué le parece? - preguntó Pepón riendo maliciosamente. - Magnífica. Me he decidido a edificar ese pequeño local con piscina, jardín, campo de juegos, teatrito, etcétera, que como sabes, tengo en la cabeza desde hace tantos años. Pondré la piedra fundamental el próximo domingo y estimaré mucho que tú, como alcalde, estés presente. - Con mucho gusto; cortesía por cortesía. - Bien. Entre tanto, procura achicar un poquito el plano de tu casa. Es demasiado grande, en mi opinión. Pepón lo miró asombrado. - Don Camilo, ¿desvaría? - No mucho más de aquella vez que oficié una función fúnebre con discurso patriótico ante un cajón de muerto que no debía estar bien cerrado porque ayer encontré el cadáver de paseo por la ciudad. Pepón rechinó los dientes. - ¿Qué quiere usted insinuar? - Nada; ese ataúd al que los ingleses presentaron armas y que yo bendije, estaba lleno de objetos hallados por ti en la villa Dottí, donde antes estuvo el comando alemán. Y el muerto estaba vivo y escondido en el desván. - ¡Ah! - gritó Pepón- . ¡Volvemos a la vieja a historia! ¡Se trata de difamar el movimiento de la Resistencia! - Deja en paz la Resistencia, Pepón. A mí no me engañas. Pepón mascullaba oscuras amenazas. Esa misma tarde don Camilo lo vio llegar a la casa parroquial acompañado por el Brusco y otros dos tipos, los mismos que habían alzado el ataúd. - Usted - dijo ceñudo Pepón - tiene poco que insinuar. Todas eran cosas robadas por los alemanes: platería, máquinas fotográficas, instrumentos, oro, etcétera. Si no las tomábamos nosotros, lo mismo lo habrían hecho los ingleses. Era el único modo de sacarlas de allí. Aquí tengo recibos y testimonios: nadie ha tocado una lira. Se han logrado diez millones de provecho, y diez millones serán gastados en beneficio del pueblo. El Brusco, que era fogoso, se puso a gritar que tal era la verdad y que él por las dudas sabía muy bien cómo tratar a cierta gente. - Yo también - repuso don Camilo con calma. Y dejó caer el diario que tenía extendido ante sí, y entonces se vio que bajo el brazo derecho llevaba el famoso ametrallador que un tiempo fuera de Pepón. El Brusco palideció y dio un salto atrás, mientras Pepón abría los brazos. - Don Camilo, me parece que no es del caso reñir. - Lo mismo me parece a mí - dijo don Camilo. Tanto más cuanto que estoy de acuerdo con ustedes: diez millones se han reunido y diez millones deben ir a beneficiar al pueblo. Siete para vuestra Casa del Pueblo y tres para mi recreo - jardín para los hijos del pueblo. Sinite parvulos venire ad me. Yo exijo solamente mi parte. Los cuatro se consultaron en voz baja. - Si usted no tuviese esa maldita herramienta en las manos, le responderíamos que este es el más vil chantaje del universo. El domingo siguiente el alcalde Pepón presenció con todas las autoridades la colocación de la piedra fundamental del recreo- jardín de don Camilo. Y hasta pronunció un discursito. Pero encontró la oportunidad de susurrar a don Camilo - Esta primera piedra tal vez habría sido mejor empleada atándosela al cuello y después arrojándolo al Po. Al atardecer don Camilo fue a referir lo ocurrido al Cristo del altar. - ¿Qué me decís? - preguntó al fin. - Eso que te dijo Pepón: si tú no tuvieses esa maldita herramienta en las manos diría que éste es el más vil chantaje del mundo. - Pero yo en la mano no tengo más que el cheque que me ha entregado Pepón - protestó don Camilo. - Justamente - susurró el Cristo- . Con estos tres millones harás demasiadas cosas buenas y hermosas, don Camilo, para que yo pueda maltratarte. Don Camilo se inclinó y fue a dormir y a soñar con un jardín lleno de chicos, un jardín con calesita y columpio, y en el columpio el hijo menor de Pepón, que gorjeaba como un pajarito

domingo, 2 de diciembre de 2007

Persecución

DON CAMILO se había dejado llevar un poco por su celo durante una jaculatoria de asunto local en que no faltó algún pinchacito más bien fuerte para esos tales, y sucedió que, la noche siguiente, cuando tiró de las cuerdas de las campanas porque al campanero lo habían llamado quién sabe dónde, se produjo el infierno. Un alma condenada había atado petardos al badajo de las campanas. No hubo daño alguno, pero se produjo una batahola de explosiones como para matar de un síncope. Don Camilo no había abierto la boca. Había celebrado la función de la tarde en perfecta calma, con la iglesia repleta. No faltaba ninguno de aquellos. Pepón en primera fila, y todos mostraban caras tan compungidas como para poner frenético a un santo. Pero don Camilo era un aguantador formidable y la gente se había retirado desilusionada. Cerrada la puerta grande, don Camilo se había echado encima la capa, y antes de salir, había ido a hacer, una corta reverencia ante el altar. - ¡Don Camilo! - le dijo el Cristo. ¡Deja eso! - No entiendo - había protestado don Camilo. - ¡Deja eso! Don Camilo había sacado de debajo la capa un garrote y lo había depositado ante el altar. - Una cosa muy fea, don Camilo. - Jesús, no es de roble: es de álamo, madera liviana, flexible - habíase justificado don Camilo. - Vete a la cama, don Camilo, y no pienses más en Pepón. Don Camilo había abierto los brazos e ido a la cama con fiebre. Así, la noche siguiente, cuando se le presentó la mujer de Pepón, dio un salto como si le hubiese estallado un petardo bajo los pies. - Don Camilo - empezó la mujer, que estaba muy agitada. Pero él la interrumpió - ¡Márchate de aquí, raza sacrílega! - Don Camilo, olvide estas estupideces. En Castellino está aquel maldito que intentó matar a Pepón... lo han soltado. Don Camilo había encendido el cigarro. - Compañera, ¿a mí vienes a contármelo? No hice yo la amnistía. Por lo demás, ¿qué te importa? La mujer se puso a gritar. - Me importa porque han venido a decírselo a Pepón y Pepón ha salido para Castellino como un endemoniado, llevándose el ametrallador. - ¡Ajá! ¿Así que tenemos armas escondidas, verdad? - Don Camilo, ¡deje tranquila la política! ¿No comprende que él lo mata? ¡Si usted no me ayuda, él se pierde! Don Camilo rió pérfidamente: - Así aprenderá a atar petardos al badajo de las campanas. ¡En presidio quisiera verlo morir! ¡Fuera de aquí! Tres minutos después, don Camilo, con la sotana atada en torno del cuello, partía como un obseso hacia Castellino en la "Wolsit" de carrera del hijo del sacristán. Alumbraba una espléndida luna y a cuatro kilómetros de Castellino vio don Camilo a un hombre sentado en el parapeto del puentecito del Foso Grande. Allí moderó la marcha, pues hay que ser prudentes cuando se viaja de noche. Detúvose a diez metros del puente, teniendo al alcance de la mano un chisme que se había hallado en el bolsillo. - Joven - preguntó, ¿ha visto pasar a un hombre grande en bicicleta, derecho hacia Castellino? - No, don Camilo - contestó tranquilamente el otro. Don Camilo se acercó. - ¿Has estado ya en Castellino? - inquirió. - No; he pensado que no valía la pena. ¿Ha sido la estúpida de mi mujer la que lo ha hecho incomodarse? - ¿Incomodarme? Figúrate. Un paseíto. - Pero ¡qué pinta ofrece un cura en bicicleta de carrera! - dijo Pepón soltando una carcajada. Don Camilo se le sentó al lado. - Hijo mío, es preciso estar preparado para ver cosas de todos los colores en este mundo. Una horita después don Camilo estaba de regreso e iba a hacerle su acostumbrada relación al Cristo. - Todo ha andado como me lo habíais sugerido. - Bravo, don Camilo. Pero, dime, ¿te había sugerido también agarrarlo por los pies y arrojarlo al foso? Don Camilo abrió los brazos. - Verdaderamente no recuerdo bien. El hecho es que a él no le hacía gracia ver un cura en bicicleta de carrera y entonces procedí de manera que no me viese más - Entiendo. ¿Ha vuelto ya? - Estará por llegar. Viéndolo caer en el foso pensé que saliendo un poco mojado le estorbaría la bicicleta y entonces pensé regresar solo trayendo las dos. - Has tenido un pensamiento muy gentil, don Camilo - aprobó el Cristo gravemente. Pepón asomó hacia el alba en la puerta de la rectoral. Estaba empapado y don Camilo le preguntó si llovía. - Niebla - contestó Pepón entre dientes. ¿Puedo tomar mi bicicleta? - Figúrate: ahí la tienes. Pepón miró la bicicleta. - ¿No ha visto por casualidad si atado al caño había un ametrallador? Don Camilo abrió los brazos sonriendo. - ¿Un ametrallador? ¿Qué es eso? - Yo - dijo Pepón desde la puerta - he cometido un solo error en mi vida: el de atarle petardos a los badajos de las campanas. Debía haberle atado media tonelada de dinamita. - Errare humanum est -observó don Camilo

sábado, 1 de diciembre de 2007

El panfleto

UNA tarde llegó a la rectoral, Barchini, el papelero del pueblo, quien, poseyendo sólo dos cajas de tipos de imprenta y una minerva de 1870, había escrito en el frente de su negocio: "Tipografía". Debía de tener cosas gordas que contar porque permaneció largo rato en el pequeño despacho de don Camilo. Cuando Barchini se retiró, don Camilo corrió al altar a abrirse con Jesús. - ¡Importantes novedades! - exclamó. Mañana el enemigo lanzará un manifiesto; lo imprime Barchini, que me ha traído la prueba. Y don Camilo sacó del bolsillo una hoja, con la tinta fresca aún, que leyó en voz alta:

PRIMERO Y ÚLTIMO AVISO Otra vez anoche una vil mano anónima ha escrito un insulto agraviante en nuestra cartelera mural. Abra el ojo la mano del bellaco que aprovecha la sombra para ejecutar actos de provocación, el cual, cualesquiera que sea, si no acaba, se arrepentirá cuando sea ya irreparable. Toda paciencia tiene un limite.
El Secretario del Comité JOSÉ BOTTAZZI

Don Camilo rió. - ¿Qué os parece? ¿No es una obra maestra? Pensad qué jaleo mañana cuando la gente lea el manifiesto en las paredes. Pepón metiéndose a redactar proclamas. ¿No es para reventar de risa? El Cristo no contestó y don Camilo quedó turbado. - ¿No habéis oído el estilo? ¿Queréis que lo relea? - He comprendido, he comprendido - contestó el Cristo. Cada cual se expresa como puede. No es lícito pretender que quien sólo ha cursado el tercer grado elemental atienda a detalles estilísticos. - ¡Señor! - exclamó don Camilo, abriendo los brazos. ¿Vos llamáis detalles una jerigonza de esta especie? - Don Camilo: la acción más miserable que puede cometerse en una polémica es la de aferrarse a los errores de gramática y de sintaxis del adversario. Lo que vale en la polémica son los argumentos. Más bien deberías decirme que es feísimo el tono de amenaza que tiene el manifiesto. Don Camilo volvió la hoja al bolsillo. - Está sobrentendido - murmuró. Lo verdaderamente reprobable es el tono de amenaza del manifiesto, pero ¿qué otra cosa podéis esperar de esta gente? No entienden más que la violencia. - Sin embargo - observó el Cristo, no obstante sus intemperancias, ese Pepón no me da la impresión de ser realmente un mal sujeto. Don Camilo se encogió de hombros. Es como poner buen vino en una cuba podrida. Cuando uno entra en ciertos ambientes, practica ciertas ideas sacrílegas y frecuenta a cierta gentuza, termina por corromperse. Pero el Cristo no pareció convencido. - Yo digo que en el caso de Pepón no se debe reparar en la forma, sino indagar la sustancia. O sea, ver si Pepón se mueve empujado por un mal ánimo natural o si lo hace bajo el impulso de una provocación. ¿Contra quién apunta, a tu parecer? Don Camilo abrió los brazos. ¿Y quién podría saberlo? - Bastaría saber de qué especie es la ofensa - insistió el Cristo. Él habla de un insulto que alguien ha escrito anoche en su cartel mural. Cuando tú fuiste a la cigarrería, ¿no pasaste por casualidad ante ese cartel? Procura recordarlo. - En efecto, sí he pasado - admitió francamente don Camilo. - Bien; ¿y no se te ha ocurrido detenerte un momento a leerlo? - Leer verdaderamente, no; a lo sumo le eché un vistazo. ¿Hice mal? - De ningún modo, don Camilo. Es necesario estar siempre al corriente de lo que dice, escribe y posiblemente piensa nuestra grey. Te preguntaba solamente para saber si no has notado alguna escritura extraña en el cartel, cuando te detuviste a leerla. Don Camilo meneó la cabeza. - Puedo asegurar que cuando me detuve no advertí nada extraño. El Cristo quedóse un rato meditando. -Y cuando te retiraste, don Camilo, ¿no viste tampoco alguna escritura extraña al manifiesto? Don Camilo se reconcentró. - ¡Ah, sí! - dijo. Haciendo memoria, me parece que cuando me retiraba vi en la hoja algo garabateado con lápiz rojo. Con permiso. Creo que hay gente en la parroquia. Don Camilo se inclinó rapidísimamente y por salir del aprieto quiso escurrirse en la sacristía, pero la voz del Cristo lo paró: - ¡Don Camilo! Don Camilo retrocedió lentamente y se detuvo enfurruñado ante el altar. - ¿Y entonces? - preguntó el Cristo. -Ahora, masculló don Camilo, recuerdo que se me escapó escribir alguna cosa. Se me fue la mano y estampé: "Pepón asno". Si hubierais leído esa circular, estoy seguro de que vos también. - ¡Don Camilo! ¿No sabes lo que haces y pretendes saber lo que haría el hijo de Dios? - Disculpadme; he cometido una tontería, lo reconozco. Pero ahora Pepón comete otra publicando manifiestos con amenazas y así quedamos a mano. - ¿Cómo que a mano? -exclamó el Cristo. Pepón ha sido ayer blanco del "asno" tuyo y todavía mañana le dirán asno en todo el pueblo. Figúrate la gente que lloverá aquí de todas partes para reírse a carcajadas de los disparates del caudillo Pepón, a quien todos temen. Y será por tu culpa. ¿Te parece lindo? Don Camilo se recobró. - De acuerdo. Pero a los fines políticos generales. - No me interesan los fines políticos generales. A los fines de la caridad cristiana ofrecer motivos de risa a la gente, a costillas de un hombre porque ese hombre no pasó del tercer grado, es una gran porquería, don Camilo. - Señor - suspiró don Camilo, decidme: ¿qué debo hacer? -No fui yo el que escribió "Pepón asno". Quien cometió el pecado sufra la penitencia. Arréglatelas, don Camilo. Don Camilo se refugió en su casa y se puso a caminar de arriba abajo por la habitación. Ya le parecía oír las carcajadas de la gente parada ante el manifiesto de Pepón. - ¡Imbéciles! - exclamó con rabia, y se volvió a la estatuilla de la Virgen. Señora -le rogó - ¡ayudadme! - Es una cuestión de estricta incumbencia de mi hijo - susurró la Virgencita. No puedo intervenir. - Al menos dadle un buen consejo. - Ensayaré. Y he aquí que de improviso entró Pepón. - Oiga - dijo Pepón, no me traen asuntos políticos. Se trata de un cristiano que se encuentra en apuros y viene a pedir consejo a un sacerdote. ¿Puedo fiar en él? - Conozco mi deber. ¿A quién has asesinado? - Yo no mato, don Camilo - replicó Pepón. Yo, en todo caso, cuando alguno me pisa demasiado los callos, hago volar fulminantes bofetadas. - ¿Cómo está tu Libre Camilo Lenin? - preguntó con sorna don Camilo. Entonces Pepón se acordó de la cepillada que había recibido el día del bautismo, y se encogió de hombros. - Sabemos lo que suele pasar - refunfuñó. Las trompadas son mercancía que viaja; trompadas van y trompadas vienen. De todos modos ésta es otra cuestión. En fin, sucede que ahora hay en el pueblo un pillo, un bellaco redomado, un Judas Iscariote de dientes venenosos, que todas las veces que pegamos en la cartelera un escrito con mi firma de secretario se divierte escribiéndole encima: "Pepón asno". - ¿Eso es todo? - preguntó don Camilo. No me parece una gran tragedia. - Me gustaría ver si usted razonaría lo mismo cuando durante doce semanas seguidas encontrase escrito en la cartelera de la parroquia: "Don Camilo asno". Don Camilo dijo que esa comparación no tenía base. Una cosa es la cartelera de una iglesia y otra la de un comité de partido. Una cosa es llamar burro a un sacerdote de Dios y otra llamar así al jefe de unos cuantos locos sueltos. - ¿No barruntas quién pueda ser? - preguntó finalmente. - Es mejor que no lo sospeche - contestó torvo Pepón. Si llego a adivinar, ese barrabás andaría ahora con los ojos negros como su alma. Son ya doce veces que me hace esa burla el asaltante y estoy seguro de que siempre es el mismo. Quisiera ahora advertirle que la cosa ha llegado al extremo; que sepa refrenarse, porque si lo agarro, sucederá el terremoto de Mesina. Haré imprimir un manifiesto y lo mandaré pegar en todas las esquinas para que se enteren él y los de su banda. Don Camilo se encogió de hombros. - Yo no soy impresor - dijo - y nada tengo que ver en el asunto. Dirígete a una imprenta. -Ya lo hice - explicó Pepón. Pero como no me resulta hacer la figura de asno, quiero que usted le eche una mirada a la prueba, antes de que Barchini imprima el manifiesto. - Barchini no es un ignorante y si hubiera visto algo incorrecto, te lo habría dicho. - ¡Figúrese! - dijo riendo Pepón. Barchini es un clerizonte. Quiero decir un negro reaccionario, tan negro como su alma asquerosa, y aunque notara que he escrito corazón con s, no lo diría con tal de verme hacer una mala figura. - Pero tienes tus hombres -r eplicó don Camilo. - ¡Ya!. . ¡Voy a rebajarme haciendo corregir mis escritos por mis subalternos! ¡Valientes colaboradores! Entre todos juntos no podrían escribir la mitad del alfabeto. - Veamos - dijo don Camilo. Pepón le alcanzó la hoja y don Camilo recorrió lentamente las líneas impresas. - ¡Hum!. Dislates aparte, como tono me parece demasiado fuerte. - ¿Fuerte? - gritó Pepón. Para decirle todo lo que se merece esa maldita canalla, ese pícaro, semejante bandido provocador, harían falta dos vocabularios. Don Camilo tomó el lápiz y corrigió atentamente la prueba. - Ahora pasa en tinta las correcciones -d ijo cuando hubo terminado. Pepón miró tristemente la hoja llena de enmiendas y tachaduras. - ¡Y pensar que ese miserable de Barchini me había dicho que todo estaba bien! ... ¿Cuánto le debo? - Nada. Ve y cuida de tener cerrada la boca. No quiero que sepan que trabajo para la Agitación y Propaganda. - Le mandaré unos huevos. Pepón se marchó y don Camilo antes de meterse en cama dirigióse a saludar al Cristo. - Gracias por haberle sugerido que viniera a verme. - Es lo menos que podía hacer - contestó el Cristo sonriendo. ¿Cómo salió? - Un poco difícil, pero bien. No sospecha de mí ni de lejos. - En cambio lo sabe perfectamente. Sabe que fuiste tú, siempre tú, las doce veces. Hasta te ha visto dos noches, don Camilo. Pero atención, piensa siete veces antes de escribir una más "Pepón asno". - Cuando salga dejaré en casa el lápiz - prometió solemnemente don Camilo. - Amén - concluyó el Cristo sonriendo.

viernes, 30 de noviembre de 2007

El bautizo

ENTRARON en la iglesia de improviso un hombre y dos mujeres; una de ellas era la esposa de Pepón, el jefe de los rojos. Don Camilo, que subido sobre una escalera estaba lustrando con "sidol" la aureola de San José, volvióse hacia ellos y preguntó qué deseaban. - Se trata de bautizar esta cosa - contestó el hombre. Y una de las mujeres mostró un bulto que contenía un niño. - ¿Quién lo hizo? - preguntó don Camilo, mientras bajaba. - Yo - contestó la mujer de Pepón. - ¿Con tu marido? - preguntó don Camilo. - ¡Se comprende!. ¿Con quién quiere que lo hiciera? ¿Con usted? - replicó secamente la mujer de Pepón. - No hay motivo para enojarse - observó don Camilo, encaminándose a la sacristía. Yo sé algo. ¿No se ha dicho que en el partido de ustedes está de moda el amor libre? Pasando delante del altar, don Camilo se inclinó y guiñó un ojo al Cristo. - ¿Habéis oído? - y don Camilo rió burlonamente. Le he dado un golpecito a esa gente sin Dios. - No digas estupideces, don Camilo - contestó fastidiado el Cristo. Si no tuviesen Dios no vendrían aquí a bautizar al hijo, y si la mujer de Pepón te hubiese soltado un revés, lo tendrías merecido. - Si la mujer de Pepón me hubiera dado un revés, los habría agarrado por el pescuezo a los tres y ... - ¿Y qué? -preguntó severo Jesús. - Nada, digo por decir - repuso rápidamente don Camilo, levantándose. - Don Camilo, cuidado - lo amonestó Jesús. Vestidos los paramentos, don Camilo se acercó a la fuente bautismal. - ¿Cómo quieren llamarlo? - preguntó a la mujer de Pepón. - Lenin, Libre, Antonio -contestó la mujer. - Vete a bautizarlo en Rusia - dijo tranquilamente don Camilo, volviendo a colocar la tapa a la pila bautismal. Don Camilo tenía las manos grandes como palas y los tres se marcharon sin protestar. Don Camilo trató de escurrirse en la sacristía, pero la voz del Cristo lo frenó. - ¡Don Camilo, has hecho una cosa muy fea! Ve a llamarlos y bautízales el niño. - Jesús - contestó don Camilo, debéis comprender que el bautismo no es una burla. El bautismo es una cosa sagrada. El bautismo. - Don Camilo - interrumpió el Cristo, ¿vas a enseñarme a mí qué es el bautismo? ¿A mí que lo he inventado? Yo te digo que has hecho una barrabasada porque si esa criatura, pongamos por caso, muere en este momento, la culpa será tuya de que no tenga libre ingreso en el Paraíso. - Jesús, no hagamos drama - rebatió don Camilo. ¿Por qué habría de morir? Es blanco y rosado una rosa. - Eso no quiere decir nada - observó Cristo. Puede caérsele una teja en la cabeza, puede venirle un ataque apopléjico. Tú debías haberlo bautizado. Don Camilo abrió los brazos. - Jesús, pensad un momento. Si fuera seguro que el niño irá al Infierno, se podría dejar correr; pero ese, a pesar de ser hijo de un mal sujeto, podría perfectamente colarse en el Paraíso, y entonces decidme: ¿cómo: puedo permitir que os llegue al Paraíso uno que se llama Lenin? Lo hago por el buen nombre del Paraíso. - Del buen nombre del Paraíso me ocupo yo - dijo secamente Jesús. A mí sólo me importa que uno sea un hombre honrado. Que se llame Lenin o Bonifacio no me importa. En todo caso, tú podrías haber advertido a esa gente que dar a los niños nombres estrafalarios puede representarles serios aprietos cuando sean grandes. - Está bien - respondió don Camilo. Siempre yo desbarro; procuraré remediarlo. En ese instante entró alguien. Era Pepón solo, con la criatura en brazos. Pepón cerró la puerta con el pasador. - De aquí no salgo - dijo - si mi hijo no es bautizado con el nombre que yo quiero. - Ahí lo tenéis - murmuró don Camilo, volviéndose al Cristo. ¿Veis qué gente? Uno está lleno de las más santas intenciones y mirad cómo lo tratan. - Ponte en su pellejo - contestó el Cristo. No es un sistema que deba aprobarse, pero se puede comprender. Don Camilo sacudió la cabeza. - He dicho que de aquí no salgo si no me bautiza al chico como yo quiero - repitió Pepón, y poniendo el bulto en un silla, se quitó el saco, se arremangó y avanzó amenazante. - ¡Jesús! - imploró don Camilo. Yo me remito a vos. Si estimáis justo que un sacerdote vuestro ceda a la imposición, cederé. Pero mañana no os quejéis si me traen un ternero y me imponen que lo bautice. Vos lo sabéis, ¡guay de crear precedentes! - ¡Bah! -replicó el Cristo. Si eso ocurriera, tú deberías hacerle entender. - ¿Y si me aporrea? - Tómalas, don Camilo. Soporta y sufre como lo hice yo. Entonces volvió don Camilo y dijo: - Conforme, Pepón; el niño saldrá de aquí bautizado, pero con ese nombre maldito no. - Don Camilo - refunfuñó Pepón, recuerde que tengo la barriga delicada por aquella bala que recibí en los montes. No tire golpes bajos, o agarro un banco. - No te inquietes, Pepón; yo te los aplicaré todos en el plano superior - contestó don Camilo, colocando a Pepón un soberbio cachete en la oreja. Eran dos hombrachos con brazos de hierro y volaban las trompadas que hacían silbar el aire. Al cabo de veinte minutos de furibunda y silenciosa pelea, don Camilo oyó una voz a sus espaldas - ¡Fuerza, don Camilo! ... ¡Pégale en la mandíbula! Era el Cristo del altar. Don Camilo apuntó a la mandíbula de Pepón y éste rodó por tierra, donde quedó tendido unos diez minutos. Después se levantó, se sobó el mentón, se arregló, se puso el saco, rehizo el nudo del pañuelo rojo y tomó al niño en brazos. Vestido con sus paramentos rituales, don Camilo lo esperaba, firme como una roca, junto a la pila bautismal. Pepón se acercó lentamente. - ¿Cómo lo llamaremos? - preguntó don Camilo. - Camilo, Libre, Antonio -gruñó Pepón. Don Camilo meneó la cabeza. - No; llamémoslo, Libre, Camilo, Lenin - dijo. Sí, también Lenin. Cuando está cerca de ellos un Camilo, los tipos de esa laya nada tienen que hacer. - Amén - murmuró Pepón tentándose la mandíbula. Terminado el acto, don Camilo pasó delante del altar y el Cristo le dijo sonriendo - Don Camilo, debo reconocer la verdad: en política sabes hacer las cosas mejor que yo. - Y en dar puñetazos también - dijo don Camilo con toda calma, mientras se palpaba con indiferencia un grueso chichón sobre la frente.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Pecado confesado

DON CAMILO era uno de esos tipos que no tienen pelos en la lengua. Aquella vez que en el pueblo había ocurrido un sucio lío en el cual estaban mezclados viejos propietarios y muchachas, don Camilo durante la misa había empezado un discursito genérico y cuidado; mas de pronto, notando justamente en primera fila a uno de los disolutos, había perdido los estribos, e interrumpiendo el discurso, después de arrojar un paño sobre la cabeza del Jesús crucificado del altar mayor, para que no oyese, plantándose los puños en las caderas había acabado el sermón a su modo, y tronaba tanto la voz que salía de la boca de ese hombrazo, y decía cosas de tal calibre que el techo de la iglesiuca temblaba. Naturalmente, don Camilo, llegado el tiempo de las elecciones, habíase expresado en forma tan explícita con respecto a los representantes locales de las izquierdas que, un atardecer, entre dos luces, mientras volvía a la casa parroquial, un hombrachón embozado habíale llegado por detrás, saliendo del escondite de un cerco y, aprovechando la ocasión que don Camilo estaba embarazado por la bicicleta, de cuyo manubrio pendía un bulto con setenta huevos, habíale dado un robusto garrotazo, desapareciendo enseguida como tragado por la tierra. Don Camilo no había dicho nada a nadie. Llegado a la rectoral y puestos a salvo los huevos, había ido a la iglesia a aconsejarse con Jesús, como lo hacía siempre en los momentos de duda. - ¿Qué debo hacer? - había preguntado don Camilo. - Pincélate la espalda con un poco de aceite batido en agua y cállate - había contestado Jesús de lo alto del altar. Se debe perdonar al que nos ofende. Esta es la regla. - Bueno - había objetado don Camilo; pero aquí se trata de palos, no de ofensas. - ¿Y con eso? - le había susurrado Jesús. ¿Por ventura las ofensas inferidas al cuerpo son más dolorosas que las inferidas al espíritu? - De acuerdo, Señor. Pero debéis tener presente que apaleándome a mí, que soy vuestro ministro, os han ofendido a vos. Yo lo hago más por vos que por mí. - ¿Y yo acaso no era más ministro de Dios que tú? ¿Y no he perdonado a quien me clavó en la cruz? - Con vos no se puede razonar - había concluido don Camilo. Siempre tenéis razón. Hágase vuestra voluntad. Perdonaré. Pero recordad que si esos tales, envalentonados por mi silencio, me parten la cabeza, la responsabilidad será vuestra. Os podría citar pasos del Viejo Testamento. - Don Camilo: ¡vienes a hablarme a mí del Viejo Testamento! Por cuanto ocurra asumo cualquier responsabilidad. Ahora, dicho entre nosotros, una zurra te viene bien; así aprendes a no hacer política en mi casa. Don Camilo había perdonado. Sin embargo, algo se le había atravesado en la garganta como una espina de merluza: la curiosidad de saber quién lo había felpeado. Pasó el tiempo y, un atardecer, mientras estaba en el confesionario, don Camilo vio a través de la rejilla la cara de Pepón, el cabecilla de la extrema izquierda. Que Pepón viniera confesarse era tal acontecimiento como para dejar con la boca abierta. Don Camilo se alegró: - Dios sea contigo, hermano; contigo que más que nadie necesitas de su santa bendición. ¿Hace mucho que no te confiesas? - Desde 1918 -contestó Pepón. - Figúrate los pecados que habrás cometido en estos veintiocho años con esas lindas ideas que tienes la cabeza. - ¡Oh, bastantes! - suspiró Pepón. - ¿Por ejemplo? - Por ejemplo: hace dos meses le di a usted un garrotazo. - Es grave - repuso don Camilo. Ofendiendo a un ministro de Dios, has ofendido a Dios. - Estoy arrepentido - exclamó Pepón. Además no lo apaleé como ministro de Dios, sino como adversario político. Fue un momento de debilidad. - ¿Fuera de esto y de pertenecer a ese tu diabólico partido, tienes otros pecados graves? Pepón vació el costal. En conjunto no era gran cosa, y don Camilo la liquidó con una veintena entre Padrenuestros y Avemarías. Después, mientras Pepón se arrodillaba ante la barandilla para cumplir la penitencia, don Camilo fue a arrodillarse bajo el Crucifijo. - Jesús - dijo, perdóname, pero yo le sacudo. - Ni lo sueñes - respondió Jesús. Yo lo he perdonado y tú también debes perdonar. En el fondo es un buen hombre. - Jesús, no te fíes de los rojos: esos tiran a embromar. Míralo bien: ¿no ves la facha de bribón que tiene? - Una cara como todas las demás. Don Camilo, ¡tú tienes el corazón envenenado! - Jesús, si os he servido bien, concededme una gracia: dejad por lo menos que le sacuda ese cirio en el lomo. ¿Qué es una vela, Jesús mío? - No - respondió Jesús. Tus manos están hechas para bendecir, no para golpear. Don Camilo suspiró. Se inclinó y salió de la verja. Se volvió hacia el altar para persignarse una vez más, y así se encontró detrás de Pepón, quien, arrodillado, estaba sumergido en sus rezos. - Está bien - gimió don Camilo juntando las palmas y mirando a Jesús. ¡Las manos están hechas para bendecir, pero los pies no! - También esto es cierto - dijo Jesús de lo alto. Pero te recomiendo, don Camilo: ¡uno solo! El puntapié partió como un rayo. Pepón lo aguantó sin parpadear, luego se levantó y suspiró aliviado. - Hace diez minutos que lo esperaba - dijo. Ahora me siento mejor. - Yo también - exclamó don Camilo, que se sentía el corazón despejado y limpio como el cielo sereno. Jesús nada dijo. Pero se veía que también él estaba contento.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

La muchacha

¿Muchachas? No; nada de muchachas. Si se trata de hacer un poco de jarana en la hostería, de cantar un rato, siempre dispuesto. Pero nada más. Ya tengo mi novia que me espera todas las tardes junto al tercer poste del telégrafo en el camino de la Fábrica. Tenía yo catorce años y regresaba a casa en bicicleta por ese camino. Un ciruelo asomaba una rama por encima de un pequeño muro y cierta vez me detuve. Una muchacha venía de los campos con una cesta en la mano y la llamé. Debía tener unos diecinueve años porque era mucho más alta que yo y bien formada. - ¿Quieres hacerme de escalera? - le dije. La muchacha dejó la cesta y yo me trepé sobre sus hombros. La rama estaba cargada de ciruelas amarillas y llené de ellas la camisa. - Extiende el delantal, que vamos a medias - dije a la muchacha. Ella contestó que no valía la pena. - ¿No te agradan las ciruelas? - pregunté. - Sí, pero yo puedo arrancarlas cuando quiero. La planta es mía: yo vivo allí - me dijo. Yo tenía entonces catorce años y llevaba los pantalones cortos, pero trabajaba de peón de albañil y no tenía miedo a nadie. Ella era mucho más alta que yo y formada como una mujer. - Tú tomas el pelo a la gente - exclamé mirándola enojado; pero yo soy capaz de romperte la cara, larguirucha. No dijo palabra. La encontré dos tardes después siempre en el camino. - ¡Adiós, larguirucha! - le grité. Luego le hice una fea mueca con la boca. Ahora no podría hacerla, pero entonces las hacía mejor que el capataz, que ha aprendido en Nápoles. La encontré otras veces, pero ya no le dije nada. Finalmente una tarde perdí la paciencia, salté de la bicicleta y le atajé el paso. - ¿Se podría saber por qué me miras así? - le pregunté echándome a un lado la visera de la gorra. La muchacha abrió dos ojos claros como el agua, dos ojos como jamás había visto. - Yo no te miro - contestó tímidamente. Subí a mi bicicleta. - ¡Cuídate, larguirucha! - le grité. Yo no bromeo. Una semana después la vi de lejos, que iba caminando acompañada por un mozo, y me dio una tremenda rabia. Me alcé en pie sobre los pedales y empecé a correr como un condenado. A dos metros del muchacho viré y al pasarle cerca le di un empujón y lo dejé en el suelo aplastado como una cáscara de higo. Oí que de atrás me gritaba hijo de mala mujer y entonces desmonté y apoyé la bicicleta en un poste telegráfico cerca de un montón de grava. Vi que corría a mi encuentro como un condenado: era un mozo de unos veinte años, y de un puñetazo me habría descalabrado. Pero yo trabajaba de peón de albañil y no tenía miedo a nadie. Cuando lo tuve a tiro le disparé una pedrada que le dio justo en la cara. Mi padre era un mecánico extraordinario y cuando tenía una llave inglesa en la mano hacía escapar a un pueblo entero; pero también mi padre, si veía que yo conseguía levantar una piedra, daba media vuelta y para pegarme esperaba que me durmiese. ¡Y era mi padre! ¡Imagínense ese bobo! Le llené la cara de sangre, y luego, cuando me dio la gana, salté en mi bicicleta y me marché. Dos tardes anduve dando rodeos, hasta que la tercera volví por el camino de la Fábrica y apenas vi a la muchacha, la alcancé y desmonté a la americana, saltando del asiento hacia atrás. Los muchachos de hoy hacen reír cuando van en bicicleta: guardabarros, campanillas, frenos, faroles eléctricos, cambios de velocidad, ¿y después? Yo tenía una Frera cubierta de herrumbre; pero para bajar los dieciséis peldaños de la plaza jamás desmontaba: tomaba el manubrio a lo Gerbi y volaba hacia abajo como un rayo. Desmonté y me encontré frente a la muchacha. Yo llevaba la cesta colgada del manubrio y saqué una piquetilla. - Si te vuelvo a encontrar con otro, te parto la cabeza a ti y a él - dije. La muchacha me miró con aquellos sus ojos malditos, claros como el agua. - ¿Por qué hablas así? - me preguntó en voz baja. Yo no lo sabía, pero ¿qué importa? - Porque sí - contesté. Tú debes ir de paseo sola o si no, conmigo. - Yo tengo diecinueve años y tú catorce cuando más - dijo. Si al menos tuvieras dieciocho, ya sería otra cosa. Ahora soy una mujer y tú eres un muchacho. - Pues espera a que yo tenga dieciocho años - grité. Y cuidado con verte en compañía de alguno, porque entonces estás frita. Yo era entonces peón de albañil y no tenía miedo de nada: cuando sentía hablar de mujeres, me mandaba a mudar. Se me importaban un pito las mujeres, pero ésa no debía hacer la estúpida con los demás. Vi a la muchacha durante casi cuatro años todas las tardes, menos los domingos. Estaba siempre allí, apoyada en el tercer poste del telégrafo, en el camino de la Fábrica. Si llovía tenía su buen paraguas abierto. No me paré ni una sola vez. - Adiós - le decía al pasar. - Adiós - me contestaba. El día que cumplí los dieciocho años desmonté de la bicicleta. - Tengo dieciocho años - le dije. Ahora puedes salir de paseo conmigo. Si te haces la estúpida, te rompo la cabeza. Ella tenía entonces veintitrés y se había hecho una mujer completa. Pero tenía siempre los mismos ojos claros como el agua y hablaba siempre en voz baja, como antes. - Tú tienes dieciocho años -me contestó, pero yo tengo veintitrés. Los muchachos me tomarían a pedradas si me viesen ir en compañía de uno tan joven. Dejé caer la bicicleta al suelo, recogí un guijarro chato y le dije: - ¿Ves aquel aislador, el primero del tercer poste? Con la cabeza me hizo seña que sí. Le apunté al centro y quedó solamente el gancho de hierro, desnudo como un gusano. - Los muchachos - exclamé, antes de tomarnos a pedradas deberán saber trabajar así. - Decía por decir - explicó la muchacha. No está bien que una mujer vaya de paseo con un menor. ¡Si al menos hubieses hecho el servicio militar!. Ladeé a la izquierda la visera de la gorra. - ¿Querida mía, por casualidad me has tomado por un tonto? Cuando haya hecho el servicio militar, yo tendré veintiún años y tú tendrás veintiséis, y entonces empezarás de nuevo la historia. - No - contestó la muchacha - entre dieciocho años y veintitrés es una cosa y entre veintiuno y veintiséis es otra. Más se vive, menos cuentan las diferencias de edades. Que un hombre tenga veintiuno o veintiséis es lo mismo. Me parecía un razonamiento justo, pero yo no era tipo que se dejase llevar de la nariz. - En ese caso volveremos a hablar cuando haya hecho el servicio militar - dije saltando en la bicicleta. Pero mira que si cuando vuelvo no te encuentro, vengo a romperte la cabeza aunque sea bajo la cama de tu padre. Todas las tardes la veía parada junto al tercer poste de la luz; pero yo nunca descendí. Le daba las buenas tardes y ella me contestaba buenas tardes. Cuando me llamaron a las filas, le grité: - Mañana parto para la conscripción. - Hasta la vista - contestó la muchacha. - Ahora no es el caso de recordar toda mi vida militar. Soporté dieciocho meses de fajina y en el regimiento no cambié. Habré hecho tres meses de ejercicios; puede decirse que todas las tardes me mandaban arrestado o estaba preso. Apenas pasaron los dieciocho meses me devolvieron a casa. Llegué al atardecer y sin vestirme de civil, salté en la bicicleta y me dirigí al camino de la Fábrica. Si ésa me salía de nuevo con historias, la mataba a golpes con la bicicleta. Lentamente empezaba a caer la noche y yo corría como un rayo pensando dónde diablos la encontraría. Pero no tuve que buscarla: la muchacha estaba allí, esperándome puntualmente bajo el tercer poste del telégrafo. Era tal cual la había dejado y los ojos eran los mismos, idénticos. Desmonté delante de ella. - Concluí - le dije, enseñándole la papeleta de licenciamiento. La Italia sentada quiere decir licencia sin término. Cuando Italia está de pie significa licencia provisoria. - Es muy linda - contestó la muchacha. - Yo había corrido como un alma que lleva el diablo y tenía la garganta seca. - ¿Podría tomar un par de aquellas ciruelas amarillas de la otra vez? - pregunté. La muchacha suspiró. - Lo siento, pero el árbol se quemó. - ¿Se quemó? - dije con asombro. ¿De cuando aquí los ciruelos se queman? - Hace seis meses - contestó la muchacha. Una noche prendió el fuego en el pajar y la casa se incendió y todas las plantas del huerto ardieron como fósforos. Todo se ha quemado. Al cabo de dos horas sólo quedaban las puertas. ¿Las ves? Miré al fondo y vi un trozo de muro negro, con una ventana que se abría sobre el cielo rojo. - ¿Y tú? - le pregunté. - También yo - dijo con un suspiro; también yo como todo lo demás. Un montoncito de cenizas y sanseacabó. Miré a la muchacha que estaba apoyada en el poste del telégrafo; la miré fijamente, y a través de su cara y de su cuerpo, vi las vetas de la madera del poste y las hierbas de la zanja. Le puse un dedo sobre la frente y toqué el palo del telégrafo. - ¿Te hice daño? - pregunté. - Ninguno. Quedamos un rato en silencio, mientras el cielo se tornaba de un rojo cada vez más oscuro. - ¿Y entonces? - dije finalmente. - Te he esperado - suspiró la muchacha - para hacerte ver que la culpa no es mía. ¿Puedo irme ahora? Yo tenía entonces veintiún años y era un tipo como para llamar la atención. Las muchachas cuando me veían pasar sacaban afuera el pecho como si se encontrasen en la revista del general y me miraban hasta perderme de vista a la distancia. - Entonces - repitió la muchacha, ¿puedo irme? - No - le contesté. -Tú debes esperarme hasta que yo haya terminado este otro servicio. De mí no te ríes, querida mía. - Está bien - dijo la muchacha. Y me pareció que sonreía. Pero estas estupideces no son de mi gusto y enseguida me alejé. Han corrido doce años y todas las tardes nos vemos. Yo paso sin desmontar siquiera de la bicicleta. - Adiós. - Adiós. - ¿Comprenden ustedes? Si se trata de cantar a poco en la hostería, de hacer un poco de jarana, siempre dispuesto. Pero nada más. Yo tengo mi novia que me espera todas las tardes junto al tercer poste del telégrafo sobre el camino de la Fábrica. Uno ahora me dice: hermano ¿por qué me cuentas, estas historias? Porque sí, respondo yo. Porque es preciso darse cuenta de que en esta desgraciada lonja de tierra situada entre el río y el monte pueden suceder cosas que no ocurren en otra parte. Cosas que nunca desentonan con el paisaje. Allá sopla un aire especial que hace bien a los vivos y a los muertos, y allá tienen un alma hasta los perros. Entonces se comprende mejor a don Camilo, a Pepón y a toda la otra gente. Y nadie se asombra de que el Cristo hable y de que uno pueda romperle la cabeza a otro, pero honradamente, es decir, sin odio. Tampoco asombra que al fin dos enemigos se encuentren de acuerdo sobre las cosas esenciales. Porque es el amplio, el eterno respiro del río el que limpia el aire. Del río plácido y majestuoso, sobre cuyo dique; al atardecer, pasa rápida la Muerte en bicicleta. O pasas tú de noche sobre el dique y te detienes, te sientas y te pones a mirar dentro de un pequeño cementerio que está allí, debajo del terraplén. Y si la sombra de un muerto viene a sentarse junto a ti, no te espantas y te pones a platicar tranquilamente con ella. He aquí el aire que se respira en esa faja de tierra a trasmano; y se comprende fácilmente en qué Pueden convertirse allá las cosas de la política. En estas historias habla a menudo el Cristo crucificado, pues los personajes principales son tres: el cura don Camilo, el comunista Pepón y el Cristo crucificado. Y bien, aquí conviene explicarse: si los curas se sienten ofendidos por causa de don Camilo, son muy dueños de romperme en la cabeza la vela más gorda; si los comunistas se sienten ofendidos por causa de Pepón, también son muy dueños de sacudirme con un palo en el lomo. Pero si algún otro se siente ofendido por causa de los discursos del Cristo, no hay nada que hacer, porque el que habla en mi historia no es Cristo, sino mi Cristo, esto es, la voz de mi conciencia. Asunto mío personal; asuntos íntimos míos. Conque, cada uno para sí y Dios con todos.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Capítulo 2

Yo vivía en Bosque Grande, en la Basa (así llaman, la Bassa, a la llanura del valle del Po descrita en el capítulo anterior. Tierra Baja le llamaremos en adelante en esta traducción), con mi padre, mi madre y once hermanos. Yo, que era el mayor, tocaba apenas los doce años, y Quico, que era el menor, apenas contaba dos. Mi madre me daba todas las mañanas una cesta de pan y un saquito de miel de castañas dulces; mi padre nos ponía en fila en la era y nos hacía decir en voz alta el Padrenuestro; luego marchábamos con Dios y regresábamos al anochecer. Nuestros campos no acababan nunca y habríamos podido correr todo el día sin salir de sus lindes. Mi padre no hubiera dicho una palabra si le hubiésemos pisoteado una hectárea de trigo en brote o si le hubiésemos arrancado una hilera de vides. Sin embargo, siempre salíamos fuera, y no nos sobraba el tiempo para nuestras fechorías. También Quico, que tenía dos años, la boca pequeñita y rosada, los ojos grandes, de largas cejas, y ricitos que le caían sobre la frente como a un angelito, no se dejaba escapar un ansarón cuando lo tenía a tiro. Todas las mañanas, a poco de haber partido nosotros, llegaban a nuestra granja viejas con canastos llenos de anserinos, pollas y pollitos asesinados, y mi madre por cada cabeza muerta daba una viva. Teníamos mil gallinas escarbando por nuestros campos, pero cuando queríamos poner algún pollo a hervir en la olla, era preciso comprarlo. Mi madre, entre tanto, seguía cambiando ansarones vivos por ansarones muertos. Mi padre ponía cara seria, se ensortijaba los largos bigotes e interrogaba rudamente a las mujerucas para saber si recordaban quién de los doce había sido el culpable. Cuando alguna le decía que había sido Quico, el más pequeñín, mi padre se hacía contar tres o cuatro veces la historia, y cómo había hecho para tirar la piedra, y si era una piedra grande, y si había acertado el ansarón al primer tiro. Estas cosas las supe mucho tiempo después: entonces no nos preocupaban. Recuerdo que una vez, mientras yo, después de haber lanzado a Quico contra un ganso que se paseaba como un estúpido por un pradecito pelado, estaba apostado con mis otros diez hermanos detrás de unas matas, vi a mi padre a veinte pasos de distancia, fumando su pipa a la sombra de una gruesa encina. Cuando Quico hubo despachado el ganso, mi padre se marchó tranquilamente con las manos en los bolsillos, y yo y mis hermanos dimos gracias al buen Dios. -No se ha dado cuenta -dije en voz baja a mis hermanos. Pero entonces yo no podía comprender que mi padre nos había seguido toda la mañana, ocultándose como un ladrón, nada más que para ver cómo mataba Quico los gansos. Pero me estoy saliendo del sembrado. Es el defecto de quien tiene demasiados recuerdos. Debo decir que Bosque Grande era un pueblo donde nadie moría, por virtud del aire extraordinario que allí se respiraba. En Bosque Grande, por lo tanto, parecía imposible que un niño de dos años pudiera enfermarse. Sin embargo, Quico enfermó seriamente. Una tarde, a tiempo ya de regresar a casa, Quico se echó repentinamente al suelo y comenzó a llorar. Al cabo de un rato dejó de llorar y se quedó dormido. No hubo modo de despertarlo. Lo alcé en brazos y sentí que ardía. Parecía de fuego. Todos entonces tuvimos un miedo terrible. Caía el sol, y el cielo estaba negro y rojo; las sombras se hacían largas. Abandonamos a Quico entre los pastos y huimos gritando y llorando como si algo terrible y misterioso nos persiguiera. - ¡Quico duerme y quema! ¡Quico tiene fuego en la cabeza! -sollocé cuando llegué donde estaba mi padre. Mi padre, lo recuerdo bien, descolgó la escopeta de doble caño de la pared, la cargó, se la puso bajo el brazo y nos siguió sin hablar. Nosotros íbamos apretados alrededor suyo, ya sin miedo, porque nuestro padre era capaz de fulminar un lebrato a ochenta metros. Quico, abandonado en medio de las oscuras hierbas con su largo vestidito claro y sus bucles sobre la frente, parecía un ángel del buen Dios al que se le hubiese estropeado una alita y hubiera caído en el trebolar. En Bosque Grande nunca moría nadie, y cuando la gente supo que Quico estaba mal, todos experimentaron una enorme ansiedad. En las casas se hablaba en voz baja. Por el pueblo merodeaba un forastero peligroso y nadie de noche se atrevía a abrir la ventana por miedo de ver, en la era blanqueada por la luna, rondar la vieja vestida de negro con la guadaña en la mano. Mi padre mandó la calesa en busca de tres o cuatro doctores famosos. Todos palparon a Quico, le apoyaron el oído en la espalda y luego miraron en silencio a mi padre. Quico seguía dormido y ardiendo; su cara habíase vuelto más blanca que un pañuelo. Mi madre lloraba entre nosotros y se negaba a comer. Mi padre no se sentaba nunca y seguía rizándose el bigote, sin hablar. El cuarto día, los tres últimos doctores que habían llegado juntos abrieron los brazos y dijeron a mi padre: -Solamente el buen Dios puede salvar a su hijo. Recuerdo que era de mañana: mi padre hizo una seña con la cabeza y lo seguimos a la era. Luego, con un silbido llamó a los domésticos, cincuenta personas entre hombres, mujeres y niños. Mi padre era alto, flaco y fuerte, de largos bigotes, gran sombrero, chaqueta ajustada y corta, pantalones ceñidos a los muslos y botas altas. (De joven mi padre había estado en América, y vestía a la americana). Daba miedo cuando se plantaba con las piernas abiertas delante de alguno. Así se plantó ese día mi padre frente a los domésticos y les dijo: -Sólo el buen Dios puede salvar a Quico. De rodillas: es preciso rogar al buen Dios que salve a Quico. Nos arrodillamos todos y empezamos a rogar en voz alta al buen Dios. Por turno las mujeres decían algo y nosotros y los hombres respondíamos: "Amén". Mi padre, cruzado de brazos, permaneció delante de nosotros, quieto como una estatua, hasta las siete, de la tarde, y todos oraban porque tenían miedo a mi padre y porque querían a Quico. A las siete, cuando el sol bajaba a su ocaso, vino una mujer en busca de mi padre. Yo lo seguí. Los tres doctores estaban sentados, pálidos, en torno de la camita de Quico. -Empeora -dijo el más anciano -. No llegará a mañana. Mi padre nada contestó, pero sentí que su mano apretaba fuertemente la mía. Salimos: mi padre tomó la escopeta, la cargó a bala, se la puso en bandolera, alzó un paquete grande, me lo entregó y dijo: "Vamos". Caminamos a través de los campos. El sol se había escondido tras el último boscaje. Saltamos el pequeño muro de un jardín y llamamos a una puerta. El cura estaba solo en su casa, cenando a la luz de un candil. Mi padre entró sin quitarse el sombrero. -Reverendo -dijo -, Quico está mal y solamente el buen Dios puede salvarlo. Hoy, durante doce horas, sesenta personas han rogado al buen Dios, pero Quico empeora y no llegará al día de mañana. El cura miraba a mi padre asombrado. -Reverendo -prosiguió mi padre -, tú sólo puedes hablarle al buen Dios y hacerle saber cómo están las cosas. Hazle comprender que si Quico no sana, yo le hago volar todo. En ese paquete traigo cinco kilos de dinamita. No quedará en pie un ladrillo de toda la iglesia. ¡Vamos! El cura no dijo palabra; salió seguido de mi padre, entró en la iglesia y fue a arrodillarse ante el altar, juntando las manos. Mi padre permaneció en medio de la iglesia con el fusil bajo el brazo, abiertas las piernas, plantado como una roca. Sobre el altar ardía una sola vela y el resto estaba oscuro. Hacia medianoche mi padre me llamó -Anda a ver cómo sigue Quico y vuelve enseguida. Volé por los campos y llegué a casa con el corazón en la boca. Luego volví corriendo todavía más ligero. Mi padre estaba todavía allí, quieto, con el fusil bajo el brazo, y el cura rezaba de bruces sobre las gradas del altar. - ¡Papá! -grité con el último aliento.- ¡Quico ha mejorado! ¡El doctor ha dicho que está fuera de peligro! ¡Un milagro! ¡Todos ríen y están contentos! El cura se levantó: sudaba y tenía el rostro deshecho. -Está bien -dijo bruscamente mi padre. Y mientras el cura lo miraba con la boca abierta, sacó del bolsillo un billete de mil y lo introdujo en el cepillo de los donativos. -Yo los servicios los pago -dijo mi padre-. Buenas noches.
Mi padre nunca se jactó de este suceso, pero en Bosque Grande hay todavía algún excomulgado el cual dice que aquella vez Dios tuvo miedo.

Esta es la tierra baja, donde hay gente que no bautiza a los hijos y blasfema, no para negar a Dios, sino para contrariar a Dios. Distará unos cuarenta kilómetros o menos de la ciudad; pero, en la llanura quebrada por los diques, donde no se ve más allá de un cerco o del recodo, cada kilómetro vale por diez. Y la ciudad es cosa de otro mundo. Yo me acuerdo.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Un mundo pequeño (Cap. 1)

De joven, yo trabajaba de cronista en un diario y daba vueltas en bicicleta todo el día en busca de sucesos que contar. Después conocí a una muchacha, y entonces pasaba los días pensando cómo se habría comportado esa muchacha si yo me hubiera vuelto emperador de Méjico o si me muriese. De noche llenaba mis carillas inventando sucesos y éstos gustaban bastante a la gente porque eran mucho más verosímiles que los verdaderos. En mi vocabulario tendré más o menos doscientas palabras, y son las mismas que empleaba para relatar la aventura del viejo atropellado por un ciclista o del ama que se había rebanado la yema de un dedo pelando papas. Así que, nada de literatura o de cualquier otra mercadería semejante: en este libro soy ese cronista de diario y me limito a referir hechos de crónica. Cosas inventadas y por eso tan verosímiles que me ha ocurrido un montón de veces escribir una historia y a los dos meses verla repetirse en la realidad. En lo que no hay nada de extraordinario. Es una simple cuestión de razonamiento: uno considera el tiempo, la estación, la moda y el momento psicológico y concluye que, siendo las cosas así, en un ambiente equis, puede suceder tal o cual acontecimiento. Estas historias, pues, viven en un determinado clima y en un determinado ambiente. El clima político italiano de diciembre de 1946 a diciembre de 1947. La historia, en suma, de un año de política. El ambiente es un pedazo de la llanura del Po: y aquí debo precisar que, para mí, el Po empieza en Plasencia. Que de Plasencia hacia arriba sea siempre el mismo río, no significa nada: también la Vía Emilia de Plasencia a Milán, es al fin y al cabo el mismo camino; pero la Vía Emilia es la que va de Plasencia a Rímini. Sin duda no se puede hacer un parangón entre un río y una carretera porque los caminos pertenecen a la historia y los ríos a la geografía. ¿Y con eso? La historia no la hacen los hombres, sino que la soportan, como soportan la geografía. Y la historia, por lo demás, está en función de la geografía. Los hombres procuran corregir la geografía horadando montañas y desviando ríos, y obrando así se ilusionan de dar un curso diverso a la historia, pero no la modifican absolutamente, ya que un buen día todo irá patas arriba: las aguas engullirán los puentes, romperán los diques e inundarán las minas; se derrumbarán las casas y los palacios y las chozas, la hierba crecerá sobre las ruinas y todo retornará a ser tierra. Los sobrevivientes deberán luchar a golpes de piedra con las fieras y volverá a empezar la historia. La acostumbrada historia. Después, al cabo de tres mil años descubrirán, sepultado bajo cuarenta metros de fango, un grifo del agua potable y un torno de la Breda, de Sesto San Giovanni y dirán: "¡Miren qué cosas!". Y se afanarán para organizar las mismas estupideces de los lejanos antepasados, porque los hombres son criaturas desdichadas condenadas al progreso, el cual tiende irremediablemente a sustituir el viejo Padre Eterno por las novísimas fórmulas químicas. Y de este modo, al final, el viejo Padre Eterno se fastidia, mueve un décimo de milímetro la última falange del meñique de la mano izquierda, y todo el mundo salta por los aires. Así, pues, el Po empieza en Plasencia y hace muy bien, porque es el único río respetable que existe en Italia y los ríos que se respetan a sí mismos se extienden por la llanura, pues el agua es un elemento hecho para permanecer horizontal y sólo cuando está perfectamente horizontal el agua conserva entera su natural dignidad. Las cascadas del Niágara son fenómenos de circo, como los hombres que caminan sobre las manos. El Po empieza en Plasencia, y también en Plasencia empieza el Mundo Pequeño de mis historias, el cual está situado en aquella lonja de llanura que se asienta entre el Po y los Apeninos.
El pequeño mundo de Un Mundo Pequeño no vive, allí, sin embargo; no está en ningún sitio fijo. El pueblo de Un Mundo Pequeño es un puntito negro que se mueve con sus Pepones y sus Flacos a lo largo del río en aquella lonja de tierra que se halla entre el Po y los Apeninos; pero éste es el clima, el paisaje es éste. Y en un pueblo como éste basta pararse en el camino a mirar una casa campesina, ahogada entre el maíz y el cáñamo, y enseguida nace una historia.